miércoles, 24 de noviembre de 2010

Tiempos desafiantes

Ayer tuve el honor de encontrarme con una amiga que hacía mucho tiempo que no veía. Fue algo espontáneo que surgió: mandé un mensaje de texto para ver si podíamos encontrarnos; ella estaba disponible y así se dio.

Qué mágico y bello es cuando todo se sincroniza para que algo suceda.

Cada vez que nos encontramos tenemos reflexiones profundas sobre la vida y nos ayuda a entender mejor el proceso que como humanidad estamos viviendo.

Los dos estábamos en total acuerdo que estamos pasando por momentos movidos a todo nivel. Yo le dije que en este año el 2010 me sentí en jaque, como si estuviera jugando una gran partida de ajedrez. Para ejemplificar agarré el individual donde la taza de té que habíamos tomado estaba posada y lo zarandeé; y la taza tembló y por momentos parecía que se iba a caer: “Así lo siento yo”, anuncié.

Divagando sobre distintas realidades me bajó esta información: estamos viviendo tiempos desafiantes y sentimos que los que se avecinan serán más movilizadores aún. “Fasten your seatbelts, it´s going to be a bumpy night”, dijo sabiamente Betty Davis en una de sus películas.

Los períodos de transición nos piden adaptación. Estamos pasando de le era pisciana a la acuariana, una diametralmente opuesta a la otra. La pisciana fue una era de rigidez, de mandatos verticales sin cuestionamiento de la autoridad porque nos costaba caro (hasta la vida) si lo hacíamos, de logias y secretos, de no hacer ni decir nada fuera de lo común por el qué dirán, de estructuras financieras generadoras de esclavos legales, de creer que Dios es un señor barbudo sentado en una nube, de sostener herméticamente mentiras. Me viene en mente la famosa frase adjudicada a Galileo Galilei que algunos desmienten, “Eppur si muove (y sin embargo se mueve), después de haber declarado frente a la “Santa Inquisición”, para salvar su vida y en contra de sus creencias, que La Tierra era estática y era el Sol el que gira a su alrededor. Ese episodio encapsula en pocas palabras la esencia de la Era Piscina.

La Acuariana es lo opuesto, era de aire y libertad, de secretos develados, de disolución de logias y estructuras rígidas y verticalistas, de cuestionamiento de la autoridad, de creer que Dios reside en cada uno de nosotros y escuchando nuestro silencio llegaremos a la esencia.

Pasar de lo rígido a lo flexible implicará una elongación que muchos no estaremos dispuestos a realizar pero otros le damos la bienvenida con la esperanza de no quebrarnos en el proceso.

jueves, 18 de noviembre de 2010

Circular = Manera de vivir

Hace dos sábados atrás fui a ver las danzas Derviches de los místicos giradores Sufistas en Valletierra, Centro de Yoga en Palermo.

Qué espectáculo maravilloso que pasó a ser más que un show una experiencia transformadora.

Una vez que el público se ubicó, entraron los músicos: cuatro tocaron diferente instrumentos de percusión, uno el nay (flauta) y uno el laúd. Sigilosamente fueron creando un clima que iba en crescendo transportándonos a tierras lejanas del Oriente Medio.

A los pocos segundos de comenzar la música, los giradores se levantaron, hicieron una reverencia entre ellos y comenzaron a circular, unos lentamente y otros con toda la garra desde el comienzo. Era evidente que entraban en un estado alterado de conciencia y desde ese espacio todo era perfecto. En el propio centro del eje, ahí nada se mueve y si uno logra conectarse con esa esencia no se marea ni le dan ganas de vomitar como es temido por la mayoría de la gente. A medida que giraban podía notar que se conectaban con el placer y la alegría. Cada giro era un salpicón de energía que le regalaban al público. Posicionaban los brazos en distintos lugares entregándose al ser superior regente de los Universos.

En una de las danzas, cuando los músicos terminaron de tocar y los giradores de circular, habían logrado un espacio sagrado, una burbuja tan frágil que nadie se animó a emitir sonido ni mucho menos aplaudir. Si alguien hubiese osado hacerlo, habría roto el hechizo que habían alcanzado. Ese silencio mágico se sostuvo por lo que pareció una eternidad y con la voz más aguda y dulce que he escuchado en mi vida, una niña de 3 ó 4 años emitió un “bravo” que le salió de lo más íntimo. Varios reímos; otros aplaudimos tímidamente a ese ser encantador que consiguió lo que los adultos no pudimos: ponerle una simple palabra a algo tan exquisito.

martes, 9 de noviembre de 2010

De mujeres, hombres y otros demonios

Hace varios años atrás estuve trabajando con una sanadora muy sabia. El trabajo transformador que hicimos juntos de escuchar más a mi voz interior, a confiar en ella, a tratar de encontrar mi eje y de ahí quedarme quieto o moverme dependiendo de la circunstancia, me ayudó muchísimo.

Una vez me comentó que los que somos gays en esta vida se debe a que por muchas reencarnaciones fuimos del sexo opuesto al actual. Esa mosquita quedó resonando fuertemente en mi oído.

Siempre he sentido algo muy profundo, una comprensión íntima a los procesos femeninos, como si estuviera en su piel y entendiera perfectamente lo que están sintiendo. Cuando hablan de la hinchazón y los dolores durante la menstruación, no me pregunten cómo, pero lo entiendo, no desde la cabeza, pero desde las vísceras.

Por eso capto íntegramente el sentir de esta frase de Simone Seija Paseyro: "Cuando las cabezas de las mujeres se juntan alrededor de “un fuego”, nacen fuerzas, crecen magias, arden brasas, que gozan, festejan, curan, recomponen, inventan, crean, unen, desunen, entierran, dan vida, rezongan, se conduelen."

También por eso, si me permiten, yo le agregaría algo:

"Cuando las cabezas de las mujeres (y algunos hombres) se juntan alrededor de “un fuego”,…

Se está dando una transformación importante y positiva en el hombre que siento vale la pena destacarla y sobre todo alentarla; sería algo así como "echar leña al fuego" pero hacia algo positivo.

martes, 2 de noviembre de 2010

El Arte de Escuchar

No sé de quién es este texto; me llegó vía internet y quiero compartirlo con ustedes.

El gran pianista y compositor ruso Igor Stravinsky (1882-1971), autor de La consagración de la primavera y a quien se consideró el gran renovador del ballet, dijo alguna vez: “Escuchar es un esfuerzo, oír no tiene ningún mérito. También oyen los patos”. Existe, en efecto, una diferencia entre oír y escuchar. El sentido del oído nos permite captar los sonidos. Escuchar es la acción de discriminarlos, decodificarlos, distinguir una onda sonora de otra, captar lo que una palabra significa, registrar las inflexiones de una voz, la melodía en la música, el susurro del viento, el rugido del mar. Escuchar es lo que nos permite advertir la alegría o la aflicción con que alguien habla, su ira o su esperanza. Todas las especies, las animales y la humana, están capacitadas para cumplir con la función fisiológica de oír. Esto es independiente de la voluntad. Podemos entornar los párpados para no ver, pero las orejas carecen de párpados, de manera que oímos siempre.

Oímos el bullicio de la calle, los sonidos de la Naturaleza, oímos gritos de odio y de dolor, oímos, como una música de fondo constante, las voces que parlotean en los televisores aunque nadie vea las pantallas. Nos embutimos nuestros auriculares y partimos hacia el mundo, intoxicándonos de esos ruidos que martillean sin piedad en el interior de nuestra cabeza, mientras, simultáneamente, no escuchamos a quienes nos rodean y acaso nos piden auxilio, nos ofrecen amor, nos cuentan un pensamiento revelador.

Sostenía el gran pensador alemán Erich Fromm (autor de El arte de amar y El miedo a la libertad) que escuchar se convierte en arte cuando podemos hacerlo sin miedo, con simpatía y amor. Esta actitud define a lo que podemos llamar escucha receptiva. Es un modo de escucha en el que nos abrimos a la palabra del otro, nos abrimos a los silencios (que también están cargados de sentido y necesitan ser escuchados). Recibimos aquellas palabras sin juicio, dejándolas resonar en nosotros, permitiéndoles estimular nuestras sensaciones y emociones, atendemos a aquello que nos evocan. En la escucha receptiva la palabra del otro es siempre nueva (aunque diga cosas que ya hemos oído) y así es recibida y celebrada.

La escucha receptiva tiende un puente entre las personas y es esencial para la comunicación verdadera y profunda. Requiere tiempo y presencia. No “prestamos la oreja”. Invertimos nuestro corazón. El sacerdote holandés Henri J. M. Nouwen (1933-1996), docente, teólogo y autor de bellísimas obras como El regreso del hijo pródigo y La voz interior del amor, definía al acto de escuchar como “algo más que dejar hablar al otro mientras esperamos para responderle” (esto sería la escucha activa). Consideraba que, en verdad, se trataba de “prestar plena atención a los otros y darles la bienvenida en nuestro propio ser. La belleza de esto es que “los escuchados empiezan a sentirse aceptados”. Escuchar, decía, “es una forma de hospitalidad espiritual”. Es difícil encontrar una mejor definición de este arte olvidado.

Cuando creemos que los otros son prescindibles, que sólo merecen ser tenidos en cuenta de acuerdo con la utilidad que tengan para nosotros, dejamos de escucharlos aunque, aparentemente, conversemos con ellos. Cuando ponemos más el acento en la conexión virtual (vía chat, mail, celular, mensaje de texto, etc.) que en la comunicación real (que es siempre artesanal y se construye con tiempo, presencia, mirada, contacto físico, temperatura emocional), también dejamos de escuchar. Y cuando dejamos de escuchar al otro, cesamos también de escuchar nuestras voces internas. Es que la escucha tiene doble vía y, cuando está abierta, capta tanto al otro como a nuestras propias necesidades, ritmos, voces y silencios interiores. Quien no escucha, no se escucha. Sólo se rodea de estruendo, de ruido, de bullicio. Y todo esto suele ser una vía de escape para no asumir las grandes y permanentes preguntas que nos hace la vida acerca de qué haremos con ella. Zenón de Elea, filósofo griego anterior a Sócrates, advertía que se nos habían dado dos orejas y una boca, para que escucháramos el doble de lo que hablamos. Se trata de no desperdiciarlas llenándolas de contaminación sonora e incomunicación.

lunes, 1 de noviembre de 2010

Uno de los míos

Un señor está sentado frente a mí volcando sus pensamientos con una lapicera a fuentes en un cuaderno hecho artesanalmente, escena algo inusual en estos tiempos.

Al rato veo que tiene problemas con la tinta e intenta cambiar el cartucho. Intenta conectarlo y una pieza de la lapicera sale volando. Contrariado la busca, la sopla delicadamente una vez que está en sus manos y la inserta en la cavidad apropiada. La pieza caprichosa no cede y se le cae el cartucho arriba del cuaderno. Se mancha de tinta la hoja; fastidiado por la situación, continúa.

Afuera varios perros se juntan y comienzan a ladrar; me distraigo. Por unos minutos mi atención está ocupada en otra cosa.

Cuando vuelvo mirarlo, noto que cambió de lapicera y ahora usa una birome común y corriente. Busco su mirada pero él me esquiva. Siento en él un grado de culpa y nerviosismo como si supiera lo que yo estaba sintiendo.

Mi primer pensamiento fue: “Me traicionaste”; pero no me animé a decírselo.

Haciendo nada por un rato

Mi tío Domingo vivía en Mendoza pero de vez en cuando venía a visitarnos a la Capital; ferviente naturista: todo pasaba por la comida que ingería y el estilo de vida que llevaba.

Una vez fuimos detrás de la estación de trenes, a cinco cuadras de mi casa, no recuerdo la razón. De regreso me dijo: “Vení, vení, sentémonos en este banco y no hagamos nada por un rato”. Yo era un niño que quería ir a los juegos, correr con los chicos de la plaza al lado de la estación.

Cuarenta y pico de años más tarde, sentado en un café de Buenos Aires, me encuentro esperando para una cita en 50 minutos sin un libro en el bolso, TODOS los diarios estaban siendo leídos, en fin, sin nada que hacer.

Observo.

Hay una decena de clientes todos inmersos en actividades varias. El más sofisticado es una cincuentona instaladísima con su notebook, mouse en mano, auriculares en posición y recibiendo llamadas en su despacho ambulante. Haciendo. Otro leía unos apuntes de un libro fotocopiado y subrayaba efusivamente. El resto leía periódicos.

Y Yo, sin nada que hacer. “Hago eso: NADA”, me digo. Miles de pensamientos irrumpiendo mi mente, sentimientos floreciendo a borbotones. ¡Qué bestia, 40 y pico de años para darme cuenta!

Duré 3 minutos haciendo NADA porque en seguida me puse a escribir este relato.

martes, 19 de octubre de 2010

Media naranja o naranja entera

Fotografía: Alejandra Buraschi

Por muchos años pensé que era mi responsabilidad esmerarme para que mi mamá sea feliz. Por tantos otros pensé que ese era el deber de mi papá.

Es lo que aprendí: alguien o algo externo, ajeno tiene que hacerme feliz. ¿Cómo NO lo iba a aprender si socialmente todo está confabulando para que nos sintamos incompletos si no poseemos, si no tenemos? De niños es el amor de nuestros padres y de no ser, aquellas cosas materiales que lo suplanten. De adultos esperamos febrilmente encontrar a nuestra media naranja que complemente nuestra carencia, nuestro vacío existencial y nos haga felices. Llevamos cadenitas de oro con el dije del corazón partido en dos mitades con el gravado que dice Tu y desesperadamente buscamos al otro que lleve en su cuello la otra mitad con el Yo. Tu y Yo gravados en un corazón partido al medio.

En la esencia de este concepto yace infortunio. Es demasiada carga otorgarle al otro ese gravamen. Un maestro del camino siempre insistía: “Cada uno de ustedes es una naranja entera”. Tenía razón: cada uno de nosotros tiene que hacerse cargo de hacernos felices a nosotros mismos. Me lo debo a mí mismo.